ACCIONES QUE DEBILITAN Y DESTRUYEN A LA FAMILIA

2 Samuel 3:1

Hay acciones que envuelven a las personas hasta el punto de debilitarlos y destruirlos a ellos de forma individual, pero de igual manera esos actos los llevan a causar un desastre en su propia casa. Las consecuencias pueden ser fatales y terminar con las más fuertes relaciones existentes dentro del seno familiar. Se rompen lazos no sólo matrimoniales sino también entre padres e hijos. Solamente la comunión con Dios nos puede librar de esta clase de pecados. A través de la vida de Abner veremos algunos casos que pueden derivar en el desastre para los nuestros.

1. La perversión sexual

Cuando la perversión sexual se introduce en el hogar. Abner era de la familia de Saúl, fungía como capitán de la guardia real. A la muerte del monarca, el oficial se enredó sexualmente con la concubina del difunto. Is-boset, uno de los hijos menores del rey le reclamó la acción, pero el fornicario reaccionó con enojo, pues sentía la autoridad y el derecho de hacer cuanto le viniera en gana (3:6–8). La degradación había llegado a niveles tan bajos que aquel hombre piensa que el adulterio sólo se puede contar como pecado para la mujer, pero no para el varón, pues él creía tener dignidad para sus hechos por que había tenido misericordia de la familia de su señor (3:8).

Tanto el adulterio como la fornicación son pecados que dañan la estructura familiar y ponen en riesgo la estabilidad espiritual, económica y moral de la casa. Pablo dice que cualquier otra infracción a los estatutos divinos está fuera del cuerpo, pero los sexuales afectan el alma del hombre y la mujer, rompiendo la unidad del hogar. Se pierde la santidad y la confianza, se contamina el espíritu con manchas que no se borran con facilidad. Es cierto que si confesamos el Señor nos perdona, pero la caída hará que sea difícil levantarse por completo. Oremos que el Todopoderoso guarde nuestras familias de este tipo de aberraciones.

Hebreos 13:4 dice que el matrimonio debe ser honroso y el lecho permanecer sin mancilla. Pablo afirma que la voluntad de Dios es que procuremos la santificación y que nos apartemos de fornicación. Tengamos cuidado de no permitir que en el hogar incube el mal que arruina familias y destruye la unión entre los esposos. Démosle a la pareja toda la atención que requiera y vigilemos a nuestros hijos, que ellos tengan conciencia de que ni el Señor ni nosotros convivimos con los fornicarios.

2. La traición

Cuando se pierde la lealtad entre los miembros de la familia. Abner era de la casa de Saúl, pero cuando murió el rey, aquél lo traicionó en varias formas. Primero se metió sexualmente con su mujer; después maltrató a sus hijos con violencia, al grado que le tenían miedo (3:11); luego se unió a los enemigos de su padre y abandonó a los huérfanos dejándolos en desgracia; ofreció el reino a David contra su familia. La ira por ser confrontado con el pecado lo envolvió y prefirió rebelarse que arrepentirse (3:9, 10).

Alimentemos la lealtad entre los miembros de la familia. Enseñemos a los nuestros la verdad de que la mayor fidelidad se debe a los de casa y no a los ajenos, a los propios y no a los extraños. Desde el hogar preparemos a los hombres y las mujeres leales del mañana. Protejámoslos contra la traición. Cultivemos el amor los unos hacia los otros. Seamos fieles a Dios en primer lugar, luego a nuestros seres amados; hagámoslo de igual forma en la congregación. Practiquemos este valor cristiano para que lo cosechemos también.

3. La violencia

Muchas familias sufren el mal de la violencia. Abner era tan irascible y violento que los mismos príncipes le temían (3:11). Demasiado daño y grandes heridas se provocan en los hogares en momentos de explosión del enojo. Padres gritan y maltratan a los hijos, esposos a esposas y viceversa. No es lo mismo el miedo que el respeto. A los maltratadores se les teme, no se les respeta; no se les ama, sino que se les obedece o tolera por debilidad y no voluntariamente. Abundan las casas deshechas y las familias fracturadas por la violencia.

Procuremos la paz con todos, no demos lugar al diablo dejando que el sol se ponga sobre nuestro enojo. Calmemos el temperamento, controlemos el mal carácter. Apliquemos disciplina con amor y no con odio, con equidad y no desmedidamente. No provoquemos a ira a los nuestros, cuidemos las palabras que decimos en los momentos de crisis y acaloramiento. Bien haremos si oramos a Dios que nos ayude a autocontrolarnos. El Espíritu Santo produce un fruto que se llama dominio propio que nos da la capacidad de frenar las pasiones, la lengua y las manos, de tal manera que mostremos paciencia y amor en todo momento. Pidámoslo con fervor.

Conclusión

La casa de Saúl se vio destruida porque se apartaron de Dios hacia la práctica de lo que prohíbe la Palabra de Dios. Los lazos de amor, lealtad y fraternidad se debilitan en la familia por dejar que la inmundicia entre en ella. El odio, la traición y la violencia acaban con el fundamento de cualquier hogar. De pronto los pleitos familiares se presentan, se afectan a otros y se vuelve un lugar de contienda. El enemigo se encarga de que todos los males se vuelquen sobre padres e hijos, tíos y sobrinos, primos y parientes, todo es cuestión de que se abra la puerta al pecado y se tolere la malicia. Pero el Señor de toda gracia es capaz de ayudarnos a sostener de pie nuestra morada. El fruto del Espíritu Santo será la clave para dar fuerza y solidez a los nuestros de manera que soporten todo tipo de crisis por dura que parezca.

 

Fuente:
José M. Saucedo Valenciano, Aliento del cielo para la familia, ed. David Alejandro Saucedo Valenciano (El Principio de la Sabiduría, 2013), 63–66.

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