SOLUCIÓN ADECUADA PARA UNA RELACIÓN INADECUADA (Reflexiones sobre el divorcio) – Parte 2

Sugerencias que le ayudarán

Si después de leer lo anterior ha llegado a la conclusión que mi intención es desanimarle y que no logre rápidamente su meta de conseguir el divorcio, está en lo cierto. Mi intención es desanimar a todos aquellos, y generalmente son la mayoría, que buscan el divorcio como un medio de escape de una situación que puede ser difícil pero no imposible de solucionar.

terapia-de-pareja-bmmblog-mamas-modernasSin embargo, también estoy consciente de que existen relaciones conyugales que no deberían continuar ni un minuto más. Si su situación está dentro de los límites bíblicos que permiten la separación y el divorcio, y realmente se encuentra en peligro, es muy posible que no sepa qué hacer. A fin de ayudarle, tengo algunas sugerencias que le guiarán a seguir un camino cristiano y con gran responsabilidad. Solo quiero orientarlo para que encuentre la salida que le brinda la Palabra de Dios a quienes se encuentran en necesidad de restauración.

Salida a situaciones insostenibles. Cuando la falta de armonía sustituye a la armonía, cuando el maltrato suple al cariño, cuando la lujuria y el adulterio suplantan el amor genuino y la intimidad integral, cuando el abandono cambió la unidad y la convivencia, cuando se rompieron los compromisos y otras personas o cosas se interponen en la relación conyugal, la separación y el divorcio sustituyeron al matrimonio. Dios no desea el divorcio. Tampoco el cónyuge que anhela cambiar y seguir los principios divinos. No obstante, sí lo es de quien se rebela contra la voluntad y los mandatos divinos. Cuando la disposición a escuchar a Dios y a sus seres queridos se ha sustituido por la «dureza de corazón», y la necedad y el pecado han corrompido el plan divino perfecto y limpio, la salida de esa relación enferma y esclavizante es el divorcio.

Suponga que ha ahorrado el suficiente dinero para construir una piscina. Se reúne con el constructor y discuten acerca de cuáles son sus gustos y preferencias. Se firma el contrato y todo marcha de acuerdo a lo planificado. Se comienza la construcción, se usan todos los materiales acordados y finalmente se termina el trabajo. Usted lo recibe satisfecho y paga todo lo que debe. Entonces usted llena la piscina y pasado un tiempo se da cuenta que el agua ya no está cristalina. Se ha vuelto de color verde y despide un terrible mal olor. No esperaba que eso ocurriera. Eso no estaba en sus planes. Lo que quería era agua limpia y cristalina para disfrutar de los beneficios de la piscina que construyó porque ese sí era su plan original. Sin embargo, el enemigo vino sin invitación. Tal vez no se preocupó de darle el mantenimiento apropiado. Los gérmenes la inundaron y dañaron aquello que tenía un buen propósito y que tenía todo para cumplir con su propósito.

Mientras más tiempo dejamos al enemigo allí, más putrefacta se torna el agua. Este es el momento de tomar una decisión. Al pensar y evaluar la situación tiene frente a si algunas opciones. Cubre toda la piscina con tierra y cemento y se olvida de ella, o decide poner todos los químicos necesarios para iniciar un pronto proceso de purificación. Rápidamente debe poner cloro. Por su poder destructivo, este quemará sus ojos, su piel y su traje de baño cada vez que decida nadar. Es una medida extrema, es una medida en la que inevitablemente sufrirá consecuencias, pero es absolutamente necesaria.2

Este proceso lo he notado también en mi relación con el dolor que experimentan los que ven cómo se destruyen sus matrimonios. La putrefacción es el resultado de la invasión de gérmenes. Así como el agua de la piscina terminó corrompida, de la misma manera ha ocurrido con muchas relaciones matrimoniales. Es lamentable, pero el pecado ha invadido la vida matrimonial y aunque el plan de Dios es perfecto, el pecado ha corrompido esta relación.

Creo que existe un paralelismo entre lo que ocurrió en el Antiguo Testamento con el pueblo de Israel y lo que pasó con la Iglesia en el Nuevo Testamento. Moisés permitió el divorcio cuando el ideal de Dios para el matrimonio de lo judíos no se cumplía. Dios quería que se mantuviera la distinción de la nación judía.

Cuando el matrimonio es una relación putrefacta donde se han metido gérmenes y uno de los cónyuges no está dispuesto a pasar por todo el proceso de eliminación de las impurezas, el divorcio permite que se mantengan algunos de los distintivos de un hogar que modela el carácter de Dios. Se pierden algunas marcas del ideal, pero no se mantiene el proceso de corrupción y destrucción.

En estos casos el divorcio llega a ser una forma de salvar el distintivo de un creyente, a pesar de que esta nunca fue la intención original de Dios. Se permite a fin de que el pecado no llegue a proporciones insostenibles.

Conforme a lo que la Palabra de Dios enseña, cuando existe adulterio o abandono, el creyente no está obligado a permanecer en un ambiente peligroso para su salud espiritual, física y emocional. El creyente en esas circunstancias puede divorciarse y lo hace apoyado en las bases bíblicas que están a su disposición. Debe realizarlo con el respeto que es propio de cualquier determinación que tome el cristiano, por difícil y dolorosa que esta sea. El creyente tiene el llamado a responder con sabiduría y, tanto en palabras como en conducta, debe actuar con dignidad.

La manera de proceder del creyente debe ser tal, que corresponda a las acciones de un hijo de Dios. Debe tener el propósito de que una vez separado del cónyuge que está en pecado, pueda vivir para la gloria de Dios y que le permita su desarrollo normal como un individuo en una relación saludable. El cristiano debe tener como meta que cuando ocurra la separación de su vínculo pecaminoso y/o destructivo, vivirá de tal forma que su vida será productiva y un aporte no solo a la familia, sino a la iglesia y a toda la comunidad.

Liberación del yugo destructivo. A través del divorcio, el creyente tiene un camino que le libera de la esclavitud de ese yugo destructivo. Por tanto, en su vida y familia, Dios volverá a recibir la gloria que se le estaba quitando. La comunidad no cristiana observará la conducta y el testimonio apropiado del creyente y recibirá en ella a alguien productivo. Con el divorcio, el no creyente que anhelaba seguir en pecado tendrá la libertad de vivir conforme a sus deseos pecaminosos. Sin embargo, ahora no seguirá afectando la vida de quien estaba obligado a permanecer a su lado por el vínculo matrimonial existente. Si esa es su situación, creo que debe tomar medidas radicales y decisiones importantes para el futuro de su vida.

Determinaciones radicales. Cuando las personas casadas se encuentran en situaciones tan difíciles, en que al menos uno de los cónyuges realmente vive una situación insoportable, es necesario tomar determinaciones radicales. Las determinaciones para poder enfrentar a tiempo y con éxito una situación verdaderamente conflictiva no deben postergarse. De ellas dependen la sanidad emocional del individuo o la destrucción de este.

Quizás algunos recuerden la historia de los deportistas uruguayos que cayeron en la cordillera de los Andes, en Chile, cuando viajaban en un avión para cumplir un compromiso deportivo. El avión cayó en una montaña muy nevada. Debido a que el techo del avión estaba pintado de color blanco, las patrullas de rescate no lo podían divisar. Para enfrentar las duras circunstancias que no buscaron, estos jóvenes tuvieron que tomar una decisión radical. Morir de hambre y frío o sobrevivir comiendo carne de sus compañeros muertos. Por supuesto que su decisión fue seguir viviendo y para ello tuvieron que hacer lo que nunca habían hecho. Debían comer carne humana. Solo esa acción les permitiría mantenerse con vida. Sin duda fue una decisión difícil, horrible, pero absolutamente necesaria para la supervivencia.

Hay momentos en que los matrimonios llegan a situaciones tan terriblemente complicadas, que el intento de obviar la situación o no buscar soluciones lo único que conseguirá es lesionar espiritual, emocional y físicamente a ambos cónyuges.

Como es natural, los consejeros cristianos tratamos de evitar por todos los medios adecuados que ocurra el divorcio. Sin embargo, los que ven que poco a poco se acerca la muerte de su relación conyugal, deben tomar una decisión tan radical como la que enfrentaron los jóvenes uruguayos. La situación complicada que vivieron evidentemente indicaba que era necesario actuar de inmediato. Las circunstancias eran propicias para la destrucción. El techo del avión blanco no permitía a las patrullas de rescate reconocer donde se encontraban. Pasaban los días y no tenían ninguna relación con otros seres humanos. No tenían forma de comunicarse. Sus medios de comunicación estaban destruidos. Se terminaron los alimentos, el frío los congelaba lentamente, el tiempo seguía su marcha y no encontraban ninguna otra solución. En tales circunstancias era necesario actuar, hacer lo que nunca antes hicieron, lo que nunca esperaron, lo que no planificaron, lo que no deseaban, pero que era indispensable.

De la misma manera hay matrimonios que viven situaciones demasiado peligrosas como para permanecer impávidos. Hay momentos en que las líneas de comunicación están del todo destruidas. El matrimonio muere lentamente y los cónyuges se destruyen en forma paulatina pero constante. Ese es el momento oportuno para determinar hacer cosas que nunca antes pensaron y que nunca planificaron, pero que deben llevarse a cabo pues, si deciden mantenerse en esa condición, no les espera un final adecuado.

La buena orientación. Es lamentable, pero algunas personas deciden rechazar toda ayuda cuando más la necesitan. Cuando los matrimonios se encuentran en estas circunstancias, hay pocos cónyuges que buscan la orientación necesaria a pesar de que ese es el momento propicio para hacerlo. Existen otros, que ante la terrible presión que soportan, deciden buscar consejeros, pastores, sicólogos o siquiatras.

Algunos que, al pasar por el proceso de asesoramiento, requieren cambios indispensables para la normalización de la relación interpersonal, demuestran que no están dispuestos o no tienen la capacidad para realizarlos. Sin embargo, también existen quienes comprenden su situación crítica y con paciencia y humildad determinan dar todos los pasos necesarios para realizar los cambios requeridos. Estos son los que juntos, y como pareja, tienen la posibilidad de conquistar con éxito una buena relación matrimonial.

Muchas veces sucede que las parejas en el proceso de asesoramiento comienzan a ver de inmediato ciertos resultados, a pesar de que el consejo apenas ha tocado ciertas áreas superficiales. Es entonces que las parejas al notar que comprenden mejor la situación, deciden valerse por sí mismas, abandonan el asesoramiento y siguen tratando su conflicto con las pocas herramientas adquiridas. Por supuesto, esa es una decisión inadecuada, pues el problema real es mucho más profundo que lo que los cónyuges se imaginan.

La buena orientación, en el momento oportuno, será determinante para el futuro de una sana relación.

Los cambios necesarios. Cuando las parejas buscan ayuda por encontrarse en circunstancias difíciles, como consejero debo ayudar para que sean capaces de realizar los cambios necesarios que permitan una vida conyugal saludable. Por lo general, pido que dediquen tiempo a la persona amada y que pasen juntos, como pareja, conversando con franqueza. Siempre que es necesario, solicito que cambien sus hábitos sexuales, de trabajo e incluso que cambien su forma de comunicarse. Por supuesto, estos consejos son útiles y pueden ayudar a restablecer la comunicación rota o permitir el inicio de un proceso de comprensión entre dos personas heridas y decepcionadas. No obstante, llevar a la práctica acciones que en el pasado voluntaria o involuntariamente se han pasado por alto, requiere de determinaciones radicales. Lo radical del compromiso a cambiar otorga la posibilidad de salvar el matrimonio que está muriendo.

El respeto mutuo. En muchos casos las personas tienen una relación inadecuada debido a la forma en que cada una de ellas comienza a percibirse. El mal comportamiento hiere a la otra persona y llega a perderse el respeto mutuo. Es necesario recordar que la forma en que una persona se comporta cada día está directamente relacionada con el respeto o la falta de respeto que existe entre los cónyuges. Los empleados actúan de acuerdo a cómo respetan a sus empleadores. Los hijos de acuerdo al respeto que tienen de sus padres y viceversa. La naciones coexisten en armonía o discrepancia en dependencia del respeto mutuo que se tienen. Las relaciones matrimoniales no son una excepción. También en ellas es esencial el respeto mutuo.

Una de las cosas más importantes que hacemos los consejeros para tratar de resucitar una relación muerta es tratar que, con la ayuda de Dios y al tener un cambio de percepción y de valores, las personas aprendan a respetarse de la forma descrita en la Palabra del Señor. Los matrimonios, cuyos integrantes tienen un profundo respeto mutuo, pueden hacer todos los cambios que sean necesarios. Sin embargo, existen situaciones excepcionales en que uno o ambos cónyuges han elegido el camino del pecado y ningún consejo les motivará a determinar abandonar el pecado. En esos casos, el cónyuge inocente no tiene obligación de permanecer en esa relación matrimonial.

 

David Hormachea, Una Puerta Llamada Divorcio (Nashville, Tennessee: Caribe-Betania, 1997), 55–62.

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2 Charles Swindoll, El divorcio, Editorial Unilit, Miami, FL, 1989.

David Hormachea, Una Puerta Llamada Divorcio (Nashville, Tennessee: Caribe-Betania, 1997), 55–62.

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JUNTOS PERO NO UNIDOS: ELEGIR LA INCAPACIDAD

Algunas personas optan por una opción diferente, pero no mejor que la anterior. Estas personas consideran que las diferencias son demasiado grandes como para poder vivir una vida normal, pero no tan grandes como para terminar completamente la relación matrimonial. Ellos deciden seguir viviendo juntos, pero cada uno hace sus decisiones y elige sus actividades.

como-afectan-los-problemas-de-pareja-a-los-hijosGeneralmente, cuando son matrimonios con hijos, los padres se resisten a dejar en ellos las marcas de un divorcio. Los cónyuges no soportan sus diferencias, siguen juntos, aunque lo hacen exclusivamente por los niños y tratan de buscar alguna forma de matrimonio que le proporcione a los hijos una buena imagen, pero en la práctica no existe ese matrimonio normal.

Incluso, pueden dormir en la misma cama y de vez en cuando, si la necesidad apremia, tener una relación corporal que culminará con un hombre satisfecho físicamente, una mujer que una vez más se siente como un objeto y que generalmente aparentará satisfacción sexual, pero en realidad es un acto que odia cada vez con mayor intensidad. En esta opción, los cónyuges viven como un matrimonio normal, pero buscan la mayor independencia posible. Estas parejas deciden manejar sus asuntos económicos en forma independiente y unen sus intereses sólo en lo que es indispensable.

Lamentablemente, en este tipo de relación, cada uno está calculando su involucramiento. Incluso, las amistades comienzan a ser diferentes y los cónyuges comienzan a frecuentar lugares distintos.

Hay intentos de acercamiento que son inmediatamente frenados si descubren que su cónyuge puede pensar que está mostrando una imagen de debilidad. Ambos desearían volver a ser un matrimonio normal, pero el temor a ser abusado y el orgullo por no demostrar que está cediendo son una buena combinación de impedimentos de la restauración de la relación conyugal.

Poco a poco la pareja va perdiendo las cosas que tenían en común. Ya no hay preguntas acerca de lo que hicieron durante el día, ni acerca de adónde fueron, aunque se molestarán grandemente si llegan a enterarse de que el cónyuge está haciendo algo que considera inadecuado.

Estos matrimonios viven en la incertidumbre. No saben qué vendrá mañana. Se van perdiendo todas las cosas comunes. No pueden invitar amigos, no pueden hablar de temas comunes, las conversaciones son cortas y calculadas y los movimientos son tan planificados como en un juego de ajedrez. Las comidas en que coinciden están matizadas por el ruido de las cucharas en el plato y la televisión encendida.

De vez en cuando una conversación con los niños, aunque cada uno de los cónyuges cambiará el tema a su entera discreción y los niños conversarán con uno o con otro dependiendo de quién tenga el turno en el diálogo. La independencia que parecía saludable para poder vivir con sus respectivas diferencias se va convirtiendo en aislamiento, en soledad extrema. Es en estas circunstancias que comienza a hacerse real el dicho que dice: «es mejor estar solo que mal acompañado», u otro dicho que dice: «con esos amigos, para qué enemigos».

Para los matrimonios que se encuentran viviendo esta realidad, las diferencias se ahondan, no se suavizan, la independencia los aleja, no los acerca, el matrimonio se va destruyendo, no construyendo. Vivir así no es buscar una solución, sino más bien seguir una opción errónea.

Vivir así no es buscar una solución.

Algunos dicen «no hay mal que dure cien años», pero también debemos decir «que no hay racional que lo aguante». Esa no es vida, ni para los cónyuges, y peor para los hijos. Si usted cree que está haciendo un bien a sus hijos, le advierto que les hará más mal que el bien que ha pensado hacerles. Como una forma de provocar la reflexión de las personas que han decidido vivir de esta manera, quisiera presentarles algunas interrogantes: ¿Recuerda usted como placenteros aquellos momentos en que tuvo la oportunidad de ser testigo de algún conflicto entre sus padres? ¿Sintió alegría, contentamiento, tuvo seguridad, certidumbre, mejoró sus calificaciones en la escuela? ¿Piensa usted, ahora que es un adulto, que fueron provechosos aquellos momentos en que por los conflictos que existieron entre sus padres tuvo la oportunidad de aprovecharse de pedir dinero a cada uno de ellos, solamente porque ellos estaban enojados? ¿No es cierto que se puso más llorón, y mucho más sentimental cuando en su hogar existían conflictos? ¿No recuerda ahora que hizo cosas tontas, sin saber que estaba tratando de llamar la atención? ¿No es cierto que bajó sus calificaciones y sintió que el temor y la incertidumbre por momentos consumían su corazón de niño?

terapia-de-pareja-bmmblog-mamas-modernasMi pregunta final es: ¿Por qué cree que sus hijos no sufrirán lo mismo, ahora que ustedes son adultos y tienen conflictos? ¿Y qué le hace pensar que ellos no tendrán marcas en su personalidad por la inseguridad que como padres les están proveyendo?

Si pudiera escuchar sus respuestas sé que estarían de acuerdo conmigo: de que el mismo peligro, grande o pequeño que usted vivió, es el que están viviendo sus hijos. Quienes determinan vivir de la manera descrita, no han hecho nada más que elegir una parálisis progresiva y poco a poco irán perdiendo control de sus vidas y de sus matrimonios. Cada vez tendrán más impedimentos para hacer lo que anhelan, y de esa manera la relación conyugal morirá lentamente, aunque parte de ella ya está absolutamente muerta.

Fuente: David Hormachea, Para Matrimonios Con Amor (Miami, Florida: Editorial Unilit, 1994), 27–30.

 

ELIJA LO MEJOR… SALVE A SU FAMILIA A LA MANERA DE DIOS

ELECCIÓN DEL CÓNYUGE: COMPATIBILIDAD

Adaptados el uno al otro.– En muchas familias no existe aquella cortesía cristiana, aquella urbanidad verdadera, deferencia y respeto de unos hacia otros que habrían de preparar a sus miembros para casarse y formar familias felices. En lugar de paciencia, bondad, tierna cortesía, así como simpatía y amor cristianos, se notan palabras mordaces, ideas que contrarían y un espíritu de crítica y dictadura.

Muchas veces ocurre que antes de casarse las personas tienen poca oportunidad de familiarizarse con sus mutuos temperamentos y costumbres; y en cuanto a la vida diaria, cuando unen sus intereses ante el altar, casi no se conocen. Muchos descubren demasiado tarde que no se adaptan el uno al otro, y el resultado de su unión es una vida miserable. Muchas veces sufren la esposa y los niños a causa de la indolencia, la incapacidad o las costumbres viciosas del marido y padre.

Hoy está el mundo lleno de miseria y pecado a consecuencia de los matrimonios mal concertados. En muchos casos se requiere sólo pocos meses para que el esposo o la esposa se percate de que sus temperamentos nunca podrán armonizar, y el resultado es que reina en el hogar la discordia, cuando sólo deberían existir el amor y la armonía del cielo.

Las discusiones por asuntos triviales cultivan un espíritu amargo. Los francos desacuerdos y los altercados causan indescriptible desgracia en el hogar, y apartan a los que deberían estar unidos por los lazos del amor. Miles se han sacrificado a sí mismos, en alma y cuerpo, por causa de matrimonios imprudentes, y han descendido por la senda de la perdición.

Divergencias perpetuas en un hogar dividido.– La felicidad y prosperidad de la vida matrimonial dependen de la unidad de los cónyuges. ¿Cómo puede armonizar el ánimo carnal con el ánimo que se ha asimilado el sentir de Cristo? El uno siembra para la carne, piensa y obra de acuerdo con los impulsos de su corazón; el otro siembra para el Espíritu, tratando de reprimir el egoísmo, vencer la inclinación propia y vivir en obediencia al Maestro, cuyo siervo profesa ser. Así que hay una perpetua diferencia de gusto, inclinación y propósito. A menos que el creyente gane al impenitente por su firme adhesión a los principios cristianos, lo más común es que se desaliente y venda esos principios por la compañía de una persona que no está relacionada con el Cielo.

Casamientos arruinados por la incompatibilidad.– Muchos casamientos no pueden sino producir desgracia; y sin embargo el ánimo de los jóvenes los induce a contraerlos porque Satanás los inclina a ello, haciéndoles creer que deben casarse para ser felices, cuando no son capaces de dirigirse a sí mismos ni sostener una familia. Los que no están dispuestos a adaptarse el uno al otro en sus disposiciones, para evitar las divergencias y contiendas desagradables, no debieran dar aquel paso. Pero ésta es una de las trampas seductoras de los postreros días, en las que miles quedan arruinados para esta vida y la venidera.

Consecuencias del amor ciego.–Toda facultad de los que son afectados por esta enfermedad contagiosa: el amor ciego, queda sometida a ella. Parecen desprovistos de buen sentido, y su conducta repugna a quienes la contemplan… En muchos casos, la enfermedad hace crisis con un casamiento prematuro, y una vez pasada la novedad y disipado el poder hechicero del galanteo, una de las partes o ambas se despiertan y comprenden la situación verdadera. Se reconocen entonces mal apareados, pero unidos para toda la vida. Ligados el uno con el otro por los votos más solemnes, consideran con desaliento la vida miserable que les tocará llevar. Debieran entonces sacar el mejor partido posible de su situación pero muchos no obran así. O faltan a sus votos matrimoniales o amargan de tal manera el yugo que insistieron en colocar sobre su propia cerviz que no pocos acaban cobardemente con su existencia.

De allí en adelante ambos esposos debieran dedicarse a estudiar la manera de evitar todo lo que pudiera causar contienda o inducirles a violar sus votos matrimoniales.

La experiencia ajena alecciona.– El señor A. está dotado de una naturaleza que Satanás emplea como instrumento con éxito asombroso. Se trata de un caso que debiera enseñar una lección a los jóvenes acerca del matrimonio. Su esposa se guió por los sentimientos e impulsos, no por la razón y el juicio, al elegir cónyuge. ¿Fue su casamiento el resultado de un amor verdadero? No, de ningún modo. Fue resultado del impulso, de la pasión ciega, no santificada. Ni el uno ni el otro estaban preparados para las responsabilidades de la vida matrimonial. Cuando la novedad del nuevo estado se disipó y cada uno conoció al otro, ¿llegó su amor a ser más fuerte, su afecto más profundo, y se fusionaron sus vidas en hermosa armonía? Sucedió precisamente lo opuesto. Los peores rasgos de su carácter se intensificaron con el ejercicio; y en vez de estar henchida de felicidad, su vida matrimonial rebosó de aflicción.

Durante años, he venido recibiendo cartas de diferentes personas que habían contraído matrimonios infortunados, y las historias repugnantes que me fueron presentadas bastan para hacer doler el corazón. No es ciertamente cosa fácil decidir qué clase de consejos se puede dar a estas personas desdichadas, ni cómo se podría aliviar su condición, pero por lo menos su triste suerte debe servir de advertencia para otros.9

Fuente:
Elena G. de White, El hogar cristiano, Primera edición. (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2009), 70–72.

LAS 4 NECESIDADES BÁSICAS DEL MATRIMONIO

El pastor Swindoll indica cuatro elementos esenciales para el matrimonio, basado en Génesis 2:24–25: “Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Y estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban” [LBLA]. El pastor Swindoll divide este pasaje como sigue:

…el hombre dejará a su padre y a su madre        — SEPARACIÓN
…y se unirá a su mujer                                               — PERMANENCIA
…y serán una sola carne                                            — UNIDAD
…el hombre y su mujer, y no se avergonzaban  — INTIMIDAD

Estas cuatro cosas esenciales son las necesidades más hondas del matrimonio. Ambos cónyuges deben someterse a ellas si desean edificar un matrimonio verdadero. Esta es la manera de pasar del yo y tú al nosotros. A menos que un matrimonio tenga este sentido de “nosotredad,” probablemente no sobrevivirá.

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“Metafóricamente, el matrimonio como identidad súper ordenada [como teniendo ‘nosotredad’ genuina] es el primer hijo [que la pareja produce] juntos, y como un bebé real trae alegría real.” Muchas parejas nunca han tenido este sentido de alegría por producir un vínculo que es mayor que los dos individuos y que descansa en última instancia en Dios. La pareja debe depender de Dios por sabiduría y fuerza para edificar estas cuatro cosas esenciales.

Charles Swindoll, Consejería Matrimonial: Cómo Brindar Ayuda a las Parejas en Conflicto, vol. 4, Perspectivas para aconsejar: Matrimonio (Frisco, TX: Visión Para Vivir, 2015), 5.

 

UNA GRAN NECESIDAD

Se necesita religión en el hogar. Únicamente ella puede impedir los graves males que con tanta frecuencia amargan la vida conyugal. Únicamente donde reina Cristo puede haber amor profundo, verdadero y abnegado. Entonces los espíritus quedarán unidos, y las dos vidas se fusionarán en armonía. Los ángeles de Dios serán huéspedes del hogar, y sus santas vigilias santificarán la cámara nupcial. Quedará desterrada la degradante sensualidad. Los pensamientos serán dirigidos hacia arriba, hacia Dios; y a él ascenderá la devoción del corazón.

Mensajes para los jóvenes, 311